sábado, 29 de junio de 2019

Franquismo made in China: Decimocuarto capítulo

Resumen de lo publicado: perseguidos por un policía de cloaca y sin saber a quién dejar el cadáver de Franco, Carmela y José Antonio huyen de Madrid hacia el sur, donde él confía en encontrar una última oportunidad.
–Es nuestra última oportunidad. Si aquí no lo quieren, no hay nada que hacer.

José Antonio sonaba cansado. Llevábamos días dando tumbos con un cadáver en el maletero. Decapitado, además. Días durmiendo poco, de un lado a otro en el coche. Y ahora además nos perseguían. O eso creíamos.

Detuvo el coche en una zona de servicios de la autovía de Andalucía, justo antes de entrar en Despeñaperros. Había muchos coches aparcados en lo que parecía un bar de carretera, una antigua venta: “Casa Pepe”, decía un gran luminoso en el tejado.

–¿Un bar? ¿Aquí esperas que se queden con la momia? –pregunté, harta y agotada.

–En seguida lo comprenderás.

Ya antes de entrar me llamó la atención la fachada del local. Las paredes pintadas de rojo y amarillo, una hilera de barriles con los mismos colores, un toro de Osborne y un gran mástil con la bandera de España. Al asomar por la puerta, quedó todo claro.

–Bienvenida al último bastión del franquismo en España –dijo José Antonio guiñándome un ojo–. Si cierran el Valle, siempre nos quedará Casa Pepe.

Me quedé boquiabierta. ¿Cómo era aquella expresión que nos enseñaron en el instituto al estudiar Arte? “Horror vacui”, eso era. Miedo al vacío. Eso encontré en aquel bar: horror vacui franquista. No quedaba un solo centímetro de espacio sin decorar con motivos franquistas.

Las paredes alternaban cabezas de ciervos y toros con fotografías de Franco, banderas con el águila o el yugo y las flechas, abanicos rojigualdos, calendarios antiguos, escudos, uniformes e insignias de unidades militares. En la pared principal, un enorme mosaico de azulejos con el omnipresente aguilucho escoltado por dos retratos de Franco y del otro, el falangista. Del techo colgaban jamones que llevaban también una arandela nacional, y cuernos de caza que apuntaban hacia abajo como estalactitas.

El bar estaba lleno de gente comiendo bocadillos y raciones. Al fondo, varias mesas ocupadas por militares uniformados, jóvenes, con pinta de estar de maniobras. En una esquina había, cómo no, un puto templario: un maniquí con armadura, casco, espada y capa blanca. En otra esquina, un padre y su hijo de dos o tres años se fotografiaban brazo en alto ante una especie de altar del caudillo. Sonó un teléfono móvil y llevaba como sintonía el “Cara al Sol”. 


–Espérame aquí, voy a hablar con el dueño –me dijo José Antonio, y se acercó a la barra.

Aproveché para echar un vistazo con más detalle. Encontré una foto de militares y guardias civiles sentados en grupo, en varias filas, como un equipo de fútbol. La foto estaba dedicada y los reconocí: los golpistas del 23F.

Al fondo había una tienda, donde podías llevarte todo lo imaginable de merchandising franquista. Botellas de vino “español”, con el aguilucho y “¡Arriba España!”. Latas de aceite, tabletas de chocolate, conservas, dulces, todo envasado con la rojigualda y el perfil de Franco, el aguilucho, el yugo y las flechas, o todo a la vez.

Además de comestibles, los franquistas podían encontrar camisetas, gorras, tazas de desayuno, tirantes, llaveros, vajillas, jarras, tablas de cortar jamón. Me mordí la lengua para no preguntar si tenían condones rojigualdas y con la cara de Franco en la punta. Aquel no era sitio para ese tipo de bromas.

Cogí un delantal, hice como que me lo probaba encima. Made in China, leí en la etiqueta. Comprobé otros productos, todos de la misma procedencia. Franquismo made in China.

Volví al bar, pedí un trinaranjus y hasta me sorprendió que la botella no llevase al caudillo en la etiqueta.

–Con Franco había más libertad, se podía fumar en los bares –dijo alguien a mi lado. Yo ya no podía distinguir cuando un franquista hablaba en serio o en broma. ¿Existe la ironía franquista?

En la esquina de la barra, tres jóvenes rapados, a los que sin necesidad de verlos adivinaba los tatuajes en sus brazos de gimnasio.

En una mesa junto al televisor, varios hombres charlaban. Uno preguntó: “A ver, ¿qué ha hecho la democracia por nosotros?”, y se liaron a discutir, mientras me vencía una sensación de déjà vu, de llevar semanas atrapadas en un bucle facha.

–Con Franco no había corrupción, ni huelgas de taxistas –dijo a mi lado el franquista irónico. Y esta vez no me contuve, el hartazgo me volvía imprudente:

–Perdone, ¿puedo hacerle una pregunta?

–Claro, guapa, dime. –¿Sabe usted si en Alemania hay algún bar así? Todo decorado de cosas nazis y fotos de Hitler…

–¿Tú de qué vas, niñata? –me soltó el tipo, agresivo. Me fijé en su cinturón rojigualda, y la hebilla con aguilucho. Me miró como si pudiese arrancarme la cabeza de un bocado.

–Vamos, Carmencita –apareció mi salvador, José Antonio.

Salimos del bar a paso ligero, no parecía muy satisfecho.

–¿Tampoco ha habido suerte? –pregunté-. ¿No lo quieren para exponerlo en una vitrina? De pie junto al templario quedaría bien. O colgado entre los jamones.

José Antonio no me escuchaba. Caminó hasta el coche y abrió el maletero.

–¿Tienes alguna frase motivacional para cuando todo está perdido? –pregunté, aunque en seguida me sentí mal por el sarcasmo. José Antonio sonaba afectado al hablar:

–En el día de hoy, cautivo y desarmado el emprendedor José Antonio, etcétera y etcétera… La guerra ha terminado.

–¿Qué ha pasado ahí dentro?

–Hacía años que no venía por aquí. El dueño de toda la vida era un gran hombre, se habría hecho cargo sin pensarlo. Pero murió hace poco, y el bar lo lleva ahora su hijo. No está hecho de la misma pasta. Le he propuesto que construyan aquí un mausoleo, un lugar de peregrinación. Vendrían franquistas de todo el planeta, y ellos se beneficiarían: más clientes en el bar. Pero dice que con la ley de memoria histórica prefiere andarse con cuidado para que no le cierren el negocio.

En la oscuridad del aparcamiento lo vi manipular el cuerpo en el maletero, forcejeando.

–¿Qué…? ¿Lo estás… desnudando?

–Al menos he vendido el uniforme. Me ha dicho que conoce a un coleccionista que pagará un dineral por la mortaja. Algo es algo.

Sacó los pantalones de un tirón. Me pareció que se llevaba un trozo de pierna dentro de la pernera.

–No sé, no me parece forma de tratar un cadáver. Y menos siendo tu admirado caudillo, ¿no?

–Mira, yo ya no sé si soy franquista o qué soy. Siempre he querido lo mejor para mi patria, y ya no sé qué es lo mejor para mi patria. No quiero ser el último mohicano, como esos de ahí dentro.

–No te entiendo, de verdad. Creía que tú…

–¡Necesito el puto dinero! ¿Eso sí lo entiendes?

Me lo dijo teniendo la cabeza de Franco en la mano, la había sacado de la bolsa. Le brillaban los ojos, parecía muy alterado. Me refiero a José Antonio, no al caudillo.

Soltó la cabeza al lado del cuerpo, y usó la bolsa para guardar el uniforme. De pronto nos sobresaltó una voz salida de la oscuridad:

–¡Quietos los dos! Soltad eso y poned las manos donde pueda verlas.

Fuente de consulta: eldiario 

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Los españoles primero: Decimotercer capítulo

Resumen de lo publicado: Carmela y José Antonio hacen un último intento para deshacerse del cadáver de Franco. Se citan con un policía de las cloacas, aunque un falso agente intenta engañarlos. Tras una persecución por el metro, la bolsa con la cabeza del dictador cae a las vías justo cuando llega un tren
–“Cuando todo parezca ir en tu contra, recuerda que el avión despega con el viento en contra, no a favor”.

Ni me molesté en preguntar o buscar en Google de quién era la frasecita motivadora. Estaba desanimada, cansada y asustada. Y tampoco José Antonio parecía muy animado.

Mientras nos alejábamos de Madrid por la autovía de Andalucía, dirección sur, hice repaso mental de todo lo sucedido en los últimos días: la acampada en el Valle, la noche que abrimos la tumba, la huida, las visitas a la fundación Franco, Zarzuela, PP y Ciudadanos, la aparición de Billy el Niño, el intento con el policía. Y lo del metro, la traca final. Me giré y miré al asiento trasero, vacío. En seguida recordé que habíamos metido la cabeza en el maletero, con el resto del cuerpo.

¿Cómo terminó lo del metro? Tras el forcejeo con aquel muchacho que intentó engañarnos, la bolsa con la cabeza salió disparada y cayó en la vía, justo cuando llegaba un tren. Nos quedamos paralizados al verla desaparecer bajo las ruedas. Todos paralizados: el falso policía, el policía de verdad, José Antonio y yo. Y el resto de viajeros que fueron testigos de la escena.

Esperamos a que el tren reanudase la marcha y, cuando por fin pasó, descubrimos que la bolsa había caído justo en el espacio entre raíles. No le habían pasado las ruedas por encima. Parecía intacta.

 –¡La suerte del Caudillo! –gritó José Antonio, saltó a la vía y la agarró.

El muchacho intentó escapar pero el policía se le echó encima. Yo no sabía qué hacer.

–¡Vamos, corre! –me gritó José Antonio trepando de vuelta al andén con la bolsa entre los dientes. Entonces el policía, que mantenía inmovilizado contra el suelo al chico, sacó una pistola y nos advirtió:

–Ni se os ocurra moveros.

–¡Una pistola! –grité asustada, porque nunca había visto una pistola de verdad. El susto se contagió al resto de viajeros que acababan de bajar del tren. La gente empezó a chillar y a correr en todas direcciones, atropellando al policía. José Antonio me agarró del brazo y tiró de mí. Corrimos hacia la escalera, salimos a la calle, y no paramos hasta llegar al parking.

–¡Por qué poco! –resopló al arrancar el motor.

–¡Era una pistola de verdad! Esto se nos ha ido de las manos…

Salimos a la superficie y nos alejamos deprisa de Sol.

–Para el coche, que yo me bajo –supliqué–, no sigo ni un minuto más. Esto es una locura.

–¿Y qué vas a hacer? ¿Volver a casa y esperar a que vayan a por ti? No sabes con quién nos estamos jugando los cuartos. Es la cloaca, joder.

–A mí ni me conocen. Como no pares, yo misma llamaré a la policía y –quise buscar mi teléfono en la mochila. La mochila. ¿La mochila? ¡La mochila!

–¡Me he dejado la mochila en la cafetería!

–Estupendo. Pues si no te conocían, ahora tienen tu DNI, tu dirección, tu teléfono y las llaves de casa.

Así era. Por no tener, no tenía ni las fotos, perdido el teléfono.

–¿Y ahora qué hacemos? –tenía ganas de llorar, gritar.

–Quitarnos de encima lo del maletero, eso lo primero.

–¡Pues tíralo de una vez en cualquier parte!

–Claro. Cómo no se me había ocurrido. Como en el chiste ese, ¿lo echamos en el contenedor de orgánico o en el amarillo? Tenemos que dejarlo en buenas manos, Carmencita, ya no solo para que lo traten como merece: también para que no puedan encontrarlo. Sin cadáver, no tienen nada contra nosotros.

Ahí me vine abajo y perdí las pocas fuerzas que me quedaban. ¿Cómo me había dejado meter en aquel embrollo? ¿Cómo iba a salir de él? Idiota, idiota, idiota…

Por supuesto, José Antonio tenía un plan:

–Conozco un sitio donde no nos fallarán. Es el último recurso. Compran todo lo que tenga que ver con el franquismo.

–¿En serio todavía te preocupa sacar dinero por él?

–Me preocupa dejarlo en un lugar fiable. Y vale, después de todo no podemos irnos con las manos vacías. Salimos de viaje, niña.

Ya digo, yo no tenía fuerzas para resistirme.

Cruzamos las calles de Madrid adelantando coches y saltando algún semáforo. Hasta que José Antonio dio un frenazo brusco.

–Un momento… Mira eso.

Señaló hacia un edificio de oficinas con pinta de llevar muchos años cerrado. Pero de las ventanas colgaban grandes banderas de España, una pancarta de “Españoles welcome” y un cartel de “Hogar Social Ramiro Ledesma”.

–¿Sabes quién era Ramiro Ledesma? Da igual, luego lo buscas en Google. Vamos a entrar, no perdemos nada por probar.

Le seguí al interior de aquel edificio que resultó estar okupado. Aunque aquellos okupas no se parecían a los que yo conocía hasta entonces. Y había banderas rojigualdas por todas partes, y otros símbolos que no conocía.

En la entrada había una mesa de reparto de alimentos.

–Sólo para españoles –le soltó un okupa a un indigente negro–. Aquí los españoles primero. ¡Vete a pedirle a Carmena!


José Antonio abordó a una muchacha:

–Hola, guapa. Queríamos hablar con vosotros por un tema que puede interesaros. Tiene que ver con Franco y el Valle de los Caídos. –Huy, qué va, la movida esa de Franco no va con nosotros. –¿No? Pero… –Eso es cosa de viejos y nostálgicos. Nosotros estamos a otro rollo. A los españoles de hoy no les preocupan los huesos de Franco, sino la avalancha de inmigrantes que nos quitan los trabajos y amenazan nuestra identidad. Aquí no verás banderas con el pollo. Aquel tiempo ya pasó. Fue bueno, vale, guay, pero estamos en el siglo XXI. Nuestro referente no es Franco. Es el Frente Nacional en Francia, o Amanecer Dorado en Grecia. Somos antiglobalización, anticapitalistas, y socialistas. Sí, no me mires así, socialistas pero del socialismo de verdad, el nacional. No somos ni de izquierda ni de derecha.

Mientras hablaba, la miré de arriba abajo. Y vi que por el calcetín le asomaba un tatuaje. Vale, ya entendí todo. Y me entró miedo.

–Vámonos, por favor –le dije a José Antonio.

Horas después avanzábamos por la autovía de Andalucía, dirección sur. Ya era de noche. Ni siquiera pregunté a dónde íbamos.

Puse la radio, por si decían algo de nosotros, la huída, lo del metro, la desaparición de Franco de su tumba.

Tras varias noticias veraniegas, la locutora habló del tema:

“El gobierno retrasa la salida de Franco del Valle. Según el presidente, si hemos esperado cuarenta años podemos esperar unos días más…”

–Mala señal –dijo José Antonio–. Eso es porque saben que nos lo hemos llevado. Están ganando tiempo hasta encontrarnos.

Entonces la locutora de la radio anunció una noticia de última hora:

“Acabamos de conocer la detención en Francia de un expolicía español acusado de torturas durante la dictadura.”

Subí el volumen:

“Al parecer la juez argentina que lleva la causa por los crímenes del franquismo recibió un aviso de que el expolicía, cuya identidad aún desconocemos, iba a salir de España por carretera. De inmediato la juez cursó una orden internacional de busca y captura, que llevó a los gendarmes franceses a detener su coche nada más cruzar la frontera. Se espera que sea extraditado a Argentina en las próximas horas.”

–Me pregunto cómo se habrán enterado –dije, vuelta hacia la ventana para ocultar la expresión de mi cara.

–Hemos llegado –anunció José Antonio al tomar una salida de la autovía–. Es nuestra última oportunidad. Si aquí no lo quieren, no hay nada que hacer.

Fuente de consulta: eldiario 

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Cita en la cloaca: Duodécimo capítulo

Resumen de lo publicado: Tras sucesivos intentos fallidos de deshacerse del cadáver de Franco, José Antonio pide consejo a un ex policía franquista de pasado torturador, que le consigue una cita con alguien que podría ayudarlos
–Taxistas en huelga, dónde se ha visto. Esto con Franco no pasaba. Los taxistas estaban en el sindicato vertical, y ahí resolvían sus asuntos.

José Antonio miraba nervioso el reloj, a veinte minutos de la cita.

–Teníamos que haber empezado por ahí, Carmencita. Llevamos días errando el tiro, buscando a las personas equivocadas. Unos mindundis todos.

Dejamos el coche en el parking de la Plaza Mayor y caminamos a paso ligero hasta la Puerta del Sol. –Don Antonio me ha dicho que nuestro hombre está muy arriba. O mejor dicho: muy abajo. En la cloaca. ¿Has oído hablar de las cloacas del Estado? Ahí abajo es donde se ventilan los asuntos importantes. Lo que nosotros vemos, todo ese juego de politiquillos, gobierno, oposición, periódicos, todo eso es espuma. La nata que se forma al hervir. Burbujas para entretenernos. El verdadero poder se mueve bajo tierra.

La cita era en una cafetería de Sol. Café y ensaimadas mientras esperábamos a nuestro contacto. Y José Antonio que no se callaba:

–La cloaca ha participado en todos los momentos decisivos de este país. En el franquismo, en la transición y en la democracia hasta hoy mismo. La seguridad de un país necesita policías reptando en las profundidades. La lucha contra ETA, por ejemplo: había una parte visible, pública, digamos que legal, y otra ahí abajo, porque contra el terrorismo no vale solo con la ley. Y lo mismo pasa con otros delincuentes. Hay veces que para pillar a los malos no puedes esperar a que el señor juez te firme una orden.

Por el ventanal veía la Puerta del Sol, llena de turistas deshidratados. Me estaba entrando sueño, con el runrún de José Antonio:

–Cada gobierno ha echado mano de la cloaca cuando la ha necesitado. Alguno la usó tanto que acabó de mierda hasta las cejas. Las grandes empresas procuran tener buenas relaciones con la cloaca. Y lo mismo te digo de los periodistas más zorros. Porque eso es lo que mejor sabe hacer la cloaca: reunir información. Información sensible. Lo saben todo. Cuando alguien se pasa de listo, se le da un toque y en seguida se vuelve manso. Y este país está lleno de listos. Mira los catalanes. ¿Has oído hablar de la Operación Cataluña? Policías patriotas evitando la ruptura de España.

–Suena muy democrático –dije, mientras ojeaba en el móvil artículos sobre policías chantajistas, grabaciones ilegales, guerras de comisarios y corrupción policial.

–Ay, Carmencita, qué inocente eres. Las democracias no pueden funcionar sin cloacas.

–¿Así vamos a resolver nuestro problemilla? ¿Echamos la momia a la cloaca?

–El plan es este: le enseñamos la cabeza –dijo palmeando la bolsa sobre la mesa–, y le decimos que el resto está en un lugar seguro. Negociamos la gratificación y, cuando cobremos, se lo entregamos. El dinero nunca es un problema con la cloaca. ¿Has oído hablar de los fondos reservados?

Frente a nosotros, tras el ventanal, estaba la presidencia de la Comunidad de Madrid, el edificio de las campanadas de Nochevieja. La antigua Dirección General de Seguridad del franquismo, la policía política. Ahora yo ya lo sabía:

–¿Tú sabías que ahí dentro torturaban a la gente?

–¿Eso te han contado? Hay mucho mito con lo de la tortura. Ni caso. Es como los etarras, que siempre denunciaban torturas. Y no digo yo que a veces no haya que apretar un poquito para que alguien cante, eh. Pero…

–Dame la mano –le inmovilicé un dedo y le clavé bajo la uña un palillo de dientes. Pegó un grito y tiró la taza.

–¡Au! ¿Qué coño haces, niña?

–Huy, perdona, solo quería probar una cosa que he leído. ¿Eso es tortura, o lo llamamos “apretar un poquito”?

Nos interrumpió la llegada de un chico con gorra y gafas de sol. Parecía muy joven. Sonrió mostrando unas grandes paletas.

–“Alzad los brazos hijos del pueblo español que vuelve a resurgir” –dijo en voz baja, a lo que José Antonio contestó:

–“Gloria a la patria que supo seguir sobre el azul del mar el caminar del sol”.

¿En serio habían acordado una contraseña para el encuentro?

El muchacho se sentó con nosotros, sin quitarse la gorra ni las gafas.

–¿No eres muy joven para estar en los servicios de inteligencia? –preguntó José Antonio.

–Soy un Charlie. Un colaborador. Cuéntame, qué es eso tan valioso que tenéis.

José Antonio dudó un instante, resopló y abrió un poco la bolsa para que el otro viese su contenido.

–Joder. Jo–der. Eso… ¿es lo que estoy pensando?

Me alejé de ellos, no quería saber nada de asuntos de cloaca. En cuanto le soltásemos el muerto, me largaría a casa. Tenía pensado decirle al director que no contase conmigo. Ni fotos, ni noticia. Aquella historia había llegado demasiado lejos, y yo no quería tener nada que ver con torturadores y ratas de alcantarilla.

Desde el exterior los vi hablar, sobre todo el muchacho, mientras José Antonio escuchaba y asentía. Terminaron con un apretón de manos. El joven cogió la bolsa y salió de la cafetería. Entré a enterarme.

–Nuestra suerte ha cambiado por fin, Carmencita.

–¿Le has dejado que se lleve la cabeza?

–Ese chico se ha comprometido a conseguirnos medio millón. ¡Medio millón, y no de pesetas, de euros! Va a hablar con sus jefes y mañana nos vemos aquí a la misma hora. Traerá el dinero y le daremos el resto del cuerpo.

Entonces oímos una voz a nuestra espalda:

–“Alzad los brazos hijos del pueblo español que vuelve a resurgir…”

Nos giramos y vimos a un hombre, algo mayor que José Antonio, con gorra sobre una cabeza calva, gafas de sol y barba abundante.

–Perdón, creo que me he equivocado… –dijo ante nuestro pasmo. Fui yo la que respondí:

–“Gloria a la patria que…” No me sé el resto.

–Siento llegar tarde –dijo el tipo–, están los taxistas en huelga y…

–Un momento –dijo José Antonio–, ¿por qué han enviado dos hombres?

–¿Dos hombres? Solo he venido yo –mostró con discreción una placa policial.

–Entonces, ¿quién era el chico que…?

–¿Chico, qué chico?

–El que ha venido antes, me ha dicho que era un Charlie…

–¿Moreno, con la cara redonda y grandes paletas? –preguntó el hombre.

–Ese mismo.

–¡Joder, otra vez él! Creíamos que ya había escarmentado, pero sigue enredando. No sé quién se lo habrá soplado. Espero que no le hayan confiado nada de valor.

José Antonio salió a la carrera de la cafetería, yo tras él, y el policía detrás.

–Iba hacia el metro –dije.

Bajamos a saltos la escalera. Era hora punta, apenas podíamos avanzar.

–¡Tú por allí y yo por aquí! –ordenó José Antonio, y añadió al policía: ¡Y usted por aquel lado!

Corrí a empujones entre la gente, y al asomarme a la línea 2 vi al muchacho con la bolsa del Corte Inglés, pero en el andén de enfrente. Miré hacia el túnel y vi la luz del tren acercándose. E hice algo que nunca pensé que sería capaz: salté a la vía, crucé sobre los raíles, y trepé al otro lado, mientras la gente me miraba asustada.

El muchacho me vio e intentó correr hacia las escaleras, pero por allí apareció José Antonio cortando la salida. Llegué hasta él y agarré la bolsa. El chico no la soltaba, forcejeamos, hasta que di un tirón con tan mala suerte que se rompió el asa y la bolsa salió volando hacia la vía en el mismo momento que el tren aparecía en la estación chirriando los frenos.

–¡Nooooo! –gritó José Antonio, y ahora lo recuerdo todo como en las películas, la típica escena en que la bolsa vuela a cámara lenta y la vemos caer interminablemente. Sobre la vía. La cabeza dentro de la bolsa. La cabeza de Franco. Y el tren pasando por encima.

Fuente de consulta: eldiario 

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Le llamaban Billy: Undécimo capítulo

Resumen de lo publicado: Probaron en la fundación Franco, en Zarzuela, el PP o Ciudadanos, pero nadie quiere hacerse cargo del cadáver del dictador. Tras cruzarse con un famoso pianista, Carmela y José Antonio continúan su deambular por Madrid
–¡ESTO ES COMO LA NAVIDAD, SI SACAMOS EL TEMA DE FRANCO NOS VAMOS A ENFADAR TODOS!

El televisor tenía el volumen altísimo. Los gritos de Belén Esteban retumbaron en el piso cuando José Antonio abrió la puerta.

–¡ESTE SEÑOR LLEVA CUARENTA AÑOS MUERTO, HAY QUE DEJAR EL PASADO Y VIVIR EL PRESENTE!

–Es que mi padre está ya un poco teniente –dijo tocándose la oreja–. Y eso que llegó a capitán, ja, ja.

 Madrid con la momia en el coche, y cada vez parecía más lejana una solución, pero José Antonio no perdía el optimismo:

–Haré unas cuantas llamadas. Camaradas de mi padre, gente de la vieja guardia que no se anda con tantos remilgos. Pero por favor, no le digas nada a mi señor padre. Está delicado del corazón, no le conviene excitarse.

Entramos en un salón decorado con enormes cornamentas de ciervo. Don José estaba sentado en un sofá mirando al televisor, adormilado. Precisamente los tertulianos de Sálvame hablaban en ese momento del "temita". A gritos:

–EN ESA ÉPOCA SE HICIERON MUCHAS COSAS BUENAS. TENEMOS LA SANIDAD PÚBLICA GRACIAS A FRANCO. ¡TODO EL MUNDO TENÍA TRABAJO CON FRANCO! MIRA LOS PRESOS, LES HACÍAN TRABAJAR Y COBRABAN UN SUELDO.

–YO DIGO UNA COSA AL GOBIERNO DE ESPAÑA: COMO AQUÍ HABRÁ PERSONAS QUE QUIERAN SACARLE Y OTRAS QUE NO, ¡VOTACIÓN! ¡QUE LO DECIDA EL PUEBLO! –remató la Esteban, mirando a cámara.

–Padre… Padre… –José Antonio apagó la tele y habló al oído del anciano, que pareció espabilarse:

–Hola, hijo. Veo que vienes con otra de tus señoritas. Luego le dices que me dé un masajito a mí también, eh.

–No, padre. Es una periodista, la conocí en el Valle.

–Ah, en el Valle. Tan joven y ya tan patriota, eh, guapa –me dio otro de esos pellizcos babosos en la mejilla, como el que me dio el presidente de la fundación Franco. Pellizcos franquistas los llamaré a partir de ahora.

–Hablando del Valle –dijo el anciano–, me acaba de llamar un viejo amigo para que me sume al manifiesto de militares en defensa del Caudillo, contra la perversa pretensión de exhumarlo y destruir el símbolo de la reconciliación. ¡Ya está bien de descalificar a un militar ejemplar como el Generalísimo!

Mientras José Antonio atendía a su padre, eché un vistazo por el salón. Aquello era un museo. Cuernos por las paredes, una vitrina con escopetas y pistolas. En el aparador, fotos enmarcadas. El señor José a distintas edades y con gentes que fui identificando por las firmas de las dedicatorias. José Utrera Molina. Blas Piñar. Jaime Milans del Bosch. Antonio González Pacheco. Rodolfo Martín Villa. Luis Carrero Blanco. También había una con el caudillo, en una montería: don José, Franco y otros hombres delante de un montón de ciervos abatidos.

En lugar central, tras una vitrina, brillaban unas cuantas medallas, y una bandeja conmemorativa, plateada, con un listado de nombres del que solo reconocí el primero. José Antonio me lo aclaró:

–Son los héroes del 23F. Algunos eran compañeros de mi padre.


Carmela, José Antonio y Antonio en el salón de Don José -el padre de José Antonio-. 

En ese momento sonó el timbre. Una muchacha vestida con delantal y cofia, como disfrazada de criada antigua, fue a abrir la puerta. Segundos después entró en el salón otro anciano, con aspecto más enérgico que don José. Me lo presentaron como Antonio.

Se sentaron a tomar café. Me sonaba la cara del tal Antonio, no recordaba dónde lo había visto. Me acerqué al aparador, revisé otra vez las fotos, y allí lo encontré: Antonio González Pacheco. Busqué en Google quién era, mientras mi compañero de fuga le susurraba nuestro problema:

–Tenemos un asunto muy delicado, don Antonio. Tiene que ver con los planes del gobierno de profanar la tumba del Caudillo. Buscamos a alguien que pueda hacerse cargo. Alguien de total confianza, ya me entiende.

Ajá. Lo encontré. Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño. Policía de la Brigada Política Social. Conocido por sus torturas a detenidos políticos durante la dictadura.

Me di la vuelta y lo miré mientras hablaba con José Antonio:

–Te voy a conseguir una cita con un compañero. Si alguien puede ayudarte en un asunto delicado como el que comentas, es él. Lleva décadas trabajando bajo tierra, ya sabes.

Mientras el tipo hablaba, leí varios testimonios de sus víctimas:

"…me pegaba como un loco, me decía puta, guarra. Me puso una pistola en la cabeza…"

"…me metió un pañuelo en la boca, hasta la garganta…”

"…era un sádico de la tortura, disfrutaba muchísimo, se le veía en la expresión…"

"…‘ahora ya no parirás más, puta’, me decía mientras me golpeaba el vientre…"

"…me dio golpes en los pies durante horas, acabé con las plantas destrozadas…"

"…sus técnicas favoritas eran el ‘pasillo’, el ‘repasito’, colgar de una barra, el 'saco de golpes' o la 'bañera'…"

Leí un par de artículos sobre la tortura en la dictadura y la impunidad de los torturadores, que siguieron siendo policías en democracia. Supe de un estudiante al que lanzaron por una ventana tras torturarlo, y simularon su suicidio: Enrique Ruano. Sobre Julián Grimau, al que machacaron y también tiraron por la ventana, y luego lo mantuvieron con vida para poder fusilarlo. Descubrí que todo eso sucedía en la Puerta del Sol, en el edificio de las uvas de Nochevieja.

–Te estás poniendo blanca, niña –dijo José Antonio–. ¿Te encuentras mal?

–Tengo que ir al baño –dije, y salí de allí.

–A ver si la has dejado preñada –oí que decía el ex policía, con una carcajada–.

Hice sonar la puerta del baño pero me quedé en el pasillo. Escuché lo que el llamado Billy el Niño contaba al padre de José Antonio:

–Mañana salimos de viaje a Italia, sí, pero en coche. Es una paliza, lo sé, pero prefiero evitar los aeropuertos. Tengo que moverme con cuidado, porque en el momento que ponga un pie fuera de España, la jueza argentina irá a por mí. Aquí estoy tranquilo, todos los gobiernos nos han protegido hasta hoy, pero en el extranjero puede pasar cualquier cosa. Tengo que viajar siempre con mucha discreción.

–Algún día te harán justicia, Antonio –era la voz de don José–. Te reconocerán como mereces por lo que hiciste en los años difíciles contra subversivos y terroristas. Te tocó hacer el trabajo sucio, pero si no llega a ser por hombres como tú, a saber dónde habría acabado este país. Y encima te quieren quitar las medallas, cuánto rencor. Pocas medallas te han concedido para lo mucho que le has dado a España.

Media hora después José Antonio y yo salimos del piso, para seguir nuestra aventura: él buscando a quién soltar el cadáver, yo conseguir una buena historia para el periódico. Y ahora también algo más:

–Un momento, tengo que hacer una llamada –dije antes de subir al coche.

–Date prisa, que nuestro contacto nos espera en una hora.

Marqué el teléfono de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que había encontrado en Internet:

–Hola, tengo una información que puede interesarles. Es sobre un policía torturador que se va de vacaciones…

Fuente de consulta: eldiario 

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En España todo es mejor: Décimo capítulo

Resumen de lo publicado: Carmela y José Antonio recorren Madrid con la cabeza de Franco en una bolsa del Corte Inglés. Cuando creen que ya no quedan puertas donde llamar, descubren en la tribuna de prensa del Congreso a alguien que puede ser su última oportunidad
Esperamos a la puerta del Congreso hasta que terminó el pleno y fueron saliendo los diputados y periodistas a la carrera. Mientras aguardábamos a nuestro hombre, José Antonio me contó sobre él:

–Es uno de los pocos periodistas libres que hay en este país. ¿Te acuerdas de los atentados del 11 de marzo? Eras una niña, pero sabes de qué te hablo.

–Los de Al Qaeda, sí…

–¿Al Qaeda? Esos moritos fueron los paganini. En realidad fueron los servicios secretos de Francia y Marruecos, ETA y Rubalcaba. Y le colgaron el muerto a los moritos. Él fue el único periodista que se atrevió a cuestionar la versión oficial. Anda, busca en tu Google qué ha dicho nuestro hombre de toda esta historia de sacar a Franco del Valle.

Tecleé en el buscador de móvil el nombre del periodista, y leí en voz alta un artículo suyo reciente:
"…tras llegar al poder por un pacto secreto con el PNV y los catanazis, el gobierno ha decidido llevar a cabo el ensueño guerracivilista de Zapatero, Pablenin y el propio Sánchez: sacar de su fosa los restos mortales de Franco, supongo que para metérselos en la cama, como hicieron en tiempos de Carlos II con la momia de San Isidro, a ver si conseguía procrear y mantener la dinastía…" 
–¿Qué te decía yo? Eso es llamar a las cosas por su nombre.

"…como el PP no fue capaz de anular la Ley de Memoria Histórica que nunca debió firmar Campechano, y como Rivera es tan maricomplejines, me temo que tragarán, aceptarán que la legitimidad democrática en España la dictan los que defienden las chekas, los paredones, la quema de iglesias, la tortura y asesinato de católicos por decenas de miles…"

–No hace falta que sigas, es nuestro hombre sin duda. Mira, ahí viene.

Por la puerta apareció el autor del artículo, con gesto entre apesadumbrado y furioso. José Antonio se lanzó a abrazarlo:

–Don Federico, ¿cómo está usted? Soy un admirador suyo. Como decía el clásico: un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo, ja, ja. De toda la vida. Bueno, cuando usted era de extrema izquierda, no, eh, ja, ja.

El tipo miró con desconfianza a José Antonio, que bajó la voz:

–Sepa que comparto su preocupación por los restos del Caudillo, y por eso quiero confiarle nuestro plan de salvamento de sus restos, antes de que los guerracivilistas del PSOE lo tiren al osario, escuche…

José Antonio se inclinó y habló al oído del tal Federico. En los cambios de su rostro fui adivinando lo que le contaba: primero recelo, luego curiosidad, después extrañeza y finalmente estupor.

–¿De qué va esto? ¿Es una broma? –preguntó, mosqueado.

–Con el Caudillo no caben bromas, don Federico. En esta misma bolsa llevo la prueba de mis palabras, mire.

José Antonio abrió la bolsa y la acercó al tal Federico, que miró dentro con desconfianza.

–Ya veo: la cabeza de Franco –dijo indiferente.

–Eso es. El resto lo tenemos en el coche, en el parking.

–¿Qué sois, del programa del Wyoming?

–No, le aseguro que…

–Muy graciosos. Mucho. Buen intento, pero no soy tan necio como piensa ese millonario amigo de terroristas que responde al absurdo nombre de Wyoming.

–Por favor, don Federico, cómo puede pensar que…

–¡Que me dejéis en paz, que ya estoy harto de graciosos! –el tipo agarró la bolsa, la revoleó y la arrojó lejos. La bolsa dibujó un arco, cual lanzamiento olímpico de martillo, y cayó en la acera frente al Congreso. Rodó cuesta abajo, con José Antonio corriendo detrás mientras el periodista se escabullía en un taxi.

José Antonio y Carmela corren detrás de la bolsa con la cabeza de Franco 

Al subir al coche minutos después, José Antonio recuperó un poco de ánimo:

–Entiendo la desconfianza de don Federico. Lleva muchos años soportando ataques de la izquierda más rabiosa.

–¿Y ahora qué hacemos? –pregunté–. Yo propongo devolverlo a la tumba y se acabó el problema.

–Zamora no se tomó en una hora, muchacha. Yo no me rindo.

–Pero yo sí. Me voy. Renuncio a contar la noticia. Fin. 

–No puedes irte.

–Claro que puedo. Se acabó.

–"Cuando estés a punto de abandonar, piensa en por qué empezaste".

–Fantástica. Me la apunto para el gimnasio. Chao.

–No puedes irte porque tu suerte está ligada a la mía. Si yo caigo, tú caerás conmigo.

–Espera, ¿me estás amenazando?

–No, pequeña. Pero si yo no consigo poner a salvo el cuerpo de Franco antes de que el gobierno abra la tumba, moverán cielo y tierra hasta encontrarlo. Y cuando revisen las grabaciones de las cámaras de seguridad de la basílica descubrirán que no actué solo. Estamos los dos en este lío. Y los dos juntos saldremos de él. Hay algo más.

–¿Qué más?

–No podemos irnos con las manos vacías después de todo. Si no conseguimos una recompensa, por lo menos intentemos vender las fotos y la noticia.

Subimos al coche, con el cuerpo decapitado en el maletero y la bolsa con la cabeza en el asiento trasero. José Antonio propuso pasar por su casa, quería coger su agenda para llamar a gente que según él podrían ayudarnos. Yo estaba desesperada, pero él tenía razón: si no resolvíamos aquel lío, lo pagaríamos los dos.

Mientras circulábamos por el paseo del Prado sonó un aviso en su teléfono.

–Lo que faltaba, ahora un viajero.

–No lo cojas.

–Si no lo cojo me penalizan. Es un viaje corto. Y nos cae de paso.

Paró en Cibeles y subió al coche un tipo barbudo, despeinado y con gafas de pasta. Extranjero, reconocimos en cuanto abrió la boca:

–Hola, amigas. Cómo estar.

–Un franchute, lo que nos faltaba –murmuró José Antonio.

–No es francés, es inglés –dije yo en voz baja–. Lo conozco, pero ahora no me acuerdo de su nombre. Es músico. Pianista, creo.

–Ya ser hora merienda, ¿verdad? –preguntó el tipo–. Fantástico invento español. Merienda, ohhhh.

–Qué gracioso –dijo José Antonio, y le habló a gritos y despacio, como a un tonto: ¿Tú-gus-tar-me-rien-da? ¡Ñam, ñam!

–Yes, sí, merienda. Comida fantástica en España. Churros, torrijas, calamares. Croquetas, oh my god. Amo las croquetas.

–En-Es-pa-ña-to-do-bue-no.

–I love España. Amo España. Aquí todo mejor. El tiempo, la gente, hasta wifi más rápido. ¡Y decís “güifi”! ¡Fantástico!

–Pues has conocido este país en horas bajas –por fin José Antonio hablaba normal–. Hemos sido un imperio. A los ingleses os dábamos para el pelo, eh.

–¿Esto ser Paseo Castellana? –preguntó el inglés señalando por la ventana.

–No, esta es la Avenida del Generalísimo –José Antonio me guiñó un ojo.

–¿Generalísimo? Palabra nueva. La apunto. Amo vuestras palabras. Chungo, mamarracho, tiquismiquis, generalísimo. ¡Soy un generalísimo! ¿Qué es generalísimo? –Generalísimo hizo mucho bueno en España. Dilo, anda, ¡viva el Generalísimo!

–¡Viva el generalísimo! –repitió el otro, riendo.

Seguimos unos minutos en silencio, hasta que oímos un manoseo de plástico detrás.

–Ah, el Corte Inglés, amo el Corte Inglés –dijo el pasajero, y agarró la bolsa que estaba en el asiento trasero.

–¡Deja eso, guiri! –gritó José Antonio, y dio un frenazo. Me giré y vi que el pianista había abierto la bolsa. Sacó la cabeza, la miró con expresión entre asqueada y divertida.

–¡Doble coño! Qué cosa. Crazy. ¿Ya es Halloween?

Entonces cogió su teléfono y, juntando la cabeza a la suya, se hizo un selfie muerto de risa.

Más tarde descubrí que lo había subido a su cuenta de Twitter.


Fuente de consulta: eldiario 

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Orange is the new blue: Noveno capítulo

Resumen de lo publicado: tampoco en el PP han tenido suerte Carmela y José Antonio, que siguen cargando por Madrid el cadáver de Franco en busca de un “verdadero patriota” que se haga cargo de él.
Carmela y José Antonio en la sede del partido naranja MANEL FONTDEVILA 

“Recorriendo España yo no veo rojos o azules, yo veo españoles; yo no veo jóvenes o mayores, yo veo españoles; yo no veo trabajadores o empresarios, yo veo españoles…”

–¿No es maravilloso? –preguntó José Antonio cuando terminó el vídeo que me había puesto en su teléfono mientras intentábamos otra vez cruzar Madrid.

–Espera, tienes que oír esto también, pone la carne de gallina.

Y me puso el himno de España cantado por Marta Sánchez.

Aparcamos frente a un edificio de oficinas totalmente pintado de color naranja y con una gran bandera rojigualda en la fachada. José Antonio parecía entusiasmado:

–“Yo no veo rojos o azules, yo veo españoles…” Qué genio. Ese muchacho ha sabido recoger y actualizar mejor que nadie el pensamiento joseantoniano.

Busqué en Google “joseantoniano”, mientras él seguía:

–Es un patriota. Hoy no hay muchos que defiendan la unidad nacional como él. Y ni derechas ni izquierdas: españoles. ¡El naranja es el nuevo azul!

Todo era naranja allí dentro, sí. Carteles, puertas, bolígrafos, alfombrillas de ratón. En el vestíbulo las paredes estaban cubiertas con paneles con frases famosas:

“No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo” (Victor Hugo)

“Si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” (Albert Einstein)

“Tenemos que recuperar la ilusión que nunca debimos perder” (Albert Rivera)

–Hemos venido al lugar indicado –sonrió José Antonio. En la pared principal del vestíbulo había una gran pantalla con otra frase: “No llegamos a este mundo a temerle al futuro, llegamos a moldearlo” (Barack Obama). Al lado, una tablet invitaba al recién llegado a escribir su propia frase histórica para que apareciese en la pantalla.

–Voy a hacer mi contribución –dijo José Antonio, y aleteó los dedos como un pianista calentando. Tecleó despacio: “Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino”

–¿Es de quien estoy pensando? –pregunté.

–Casi.

Y tecléo: “José Antonio Primo de Rivera”.

La frase subió a la pantalla, y ahí quedó.

Nos acercamos a la recepción. José Antonio dejó sobre el mostrador la cabeza embolsada. Una azafata de traje naranja nos atendió.

–Queremos ver al líder. Tenemos un asunto importante.

–¿Tienen cita?

–Es una urgencia. Déjeme hablar con alguien de su equipo.

–Hoy están todos en el Congreso. Hay sesión.

Y allá que nos fuimos. De camino al Congreso me entretuve leyendo lo que encontré sobre falangismo en Internet:

–En la República, tus admirados falangistas formaban grupos de choque y defendían la violencia. “La dialéctica de los puños y las pistolas”.

–Lo que hacían era defenderse. El primer muerto fue un falangista: el estudiante Matías Montero.

–En la guerra iban por las casas deteniendo gente y fusilándola a la salida del pueblo.

–No te creas todo lo que leas en Internet. Busca quiénes asesinaron a Primo de Rivera, y verás.

–Rapaban la cabeza a las mujeres y las violaban.

–Las únicas violadas fueron las monjas. Y no fueron los falangistas.

–Durante la Transición daban palizas en las huelgas y manifestaciones.

–Mira, haz algo mejor con el teléfono. Habla con tu jefe. Pregúntale cuánto va a pagarte por una historia como la que tenemos entre manos.

–No me va a pagar nada, estoy en prácticas.

–Tú pregúntale, pero sin contar mucho. Dile que tienes algo muy grande, lo más grande que va a publicar nunca.

Intercambié un par de mensajes con Eduardo, que me respondió en seguida.

–Dice que treinta euros la pieza.

–¿Treinta euros por palabra?

–No, por artículo. Y eso solo si es una buena historia y se mantiene un día entero entre las diez más leídas.

–¡Eso es una miseria! La venderemos a la prensa extranjera. Es una noticia de dimensión internacional.

–Joder, ¿qué noticia? ¿Dos chiflados con la cabeza de Franco en una bolsa del Corte Inglés? Nadie va a ayudarnos, acéptalo. Nadie va a pagarte una recompensa, ni a mí una exclusiva. Da gracias si no acabamos en la cárcel.

–“La vida es como montar en bicicleta. Si no quieres caerte tienes que seguir avanzando” –y señaló los leones del Congreso de los Diputados.

Sobra decir que no nos dejaron entrar. José Antonio lo intentó por la puerta de autoridades, por la de coches, la de trabajadores y la de proveedores. Me pidió que usara mi acreditación de periodista, que obviamente no servía. Resignados, entramos en una cafetería cercana. Café con porras.

–Es una pena. Me habría gustado enseñarte los agujeros del techo. Las huellas del 23F. Un día importante en la historia de España.

José Antonio enseña una foto del 23F MANEL FONTDEVILA 

–Eso sí me lo conozco –dije, recordando lo que nos contaban en clase el día de la Constitución–.

 –¿Qué sabes del 23F, jovencita?

–Fue un golpe de Estado. Entraron a tiros. “¡Se sienten, coño!”. Lo paró el rey, que salió en la tele por la noche. El golpe fracasó.

–Te equivocas, jovencita. El golpe consiguió sus objetivos.

–No es verdad. Se rindieron, los juzgaron, y la democracia siguió.

–¿Cuáles eran según tu profesor los objetivos del golpe?

–Volver a la dictadura, ¿no?

–Nada de eso. Pretendían meter en cintura a la democracia, que se estaba desmadrando con los etarras, los comunistas y los políticos chaqueteros. Estábamos en peligro de romper España, los socialistas querían dejarnos fuera de la OTAN, la calle estaba revuelta, y en vez de libertad íbamos a tener libertinaje. Gracias a Tejero, Milán del Bosch, Armada y otros patriotas, la democracia se serenó y se acabaron los inventos. Mano de seda a partir de entonces. Mira, te enseñaré algo.

Sacó de la cartera una foto ajada, con un autógrafo. Reconocí al del tricornio.

–El teniente coronel es un gran hombre, injustamente tratado. La historia lo absolverá.

En el televisor del bar retransmitían el debate parlamentario. Tomó la palabra el presidente del Gobierno:

–La decisión política del gobierno es firme. Procederemos a la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos. A falta de los últimos retoques, será en breve espacio de tiempo.

–Sí, sí, ya verás cuando quites la tapa –murmuró José Antonio.

–Habéis tenido cuarenta años para sacarlo, joder –un anciano levantó la voz al fondo de la barra–. Que está muy bien, que ya era hora, pero no nos vendáis ahora esa moto vieja. Entre Franco y la reforma laboral, mejor acabad con la reforma laboral. Y no os quedéis en Franco: enterrad como se merecen a los miles que siguen en el hoyo. El segundo país del mundo con más fosas comunes.

José Antonio se revolvió incómodo, pero en seguida señaló al televisor:

–Atenta, ahora viene lo bueno.

Había subido a la tribuna aquel que consideraba reencarnación del pensamiento joseantoniano. Me decepcionó ver que no llevaba traje naranja. Ni siquiera corbata naranja. Empezó a hablar:

–Señor presidente, le veo muy preocupado por los huesos de Franco; más preocupado por hablar del pasado que del futuro de España.

–Ahí le has dado –dijo José Antonio. El diputado continuó:

–Si se trata de prohibir el culto a una dictadura, por supuesto, pero siempre que se prohíban también los homenajes a los terroristas. Hay que hablar de memoria histórica, pero de toda.

–Dos a cero, campeón.

–En cualquier caso, mi partido no se opondrá a que Franco salga del Valle de los Caídos.

–¡No, hombre, con lo que bien que ibas!

Como José Antonio parecía incrédulo, le aclaré las ideas con una noticia de un año antes que acababa de encontrar en Google:

–El PSOE y Podemos presentaron una proposición para desenterrar a Franco. Y adivina qué votó tu naranjita…

–¡Espera, mira quién está ahí!

José Antonio señaló al televisor. El realizador mostró un plano de la tribuna de prensa. Ahí estaba sentado, con cara de amargado, un tipo al que entonces no reconocí.

–¡Es nuestro hombre! ¡No está todo perdido!

Fuente de consulta: eldiario 

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Todo el día con la guerra del abuelo: Octavo capítulo

Resumen de lo publicado: Continúa la huida de Carmela y José Antonio con el cadáver de Franco. Tras un primer intento fallido con la fundación Francisco Franco, trataron de llegar a la Zarzuela pero se lo impidió una protesta republicana por los últimos escándalos del rey emérito 
– “El éxito es la habilidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”.

–¿Puedes al menos ahorrarte las frasecitas?

–No perdamos la esperanza, Carmencita. Hemos perdido una batalla, pero no la guerra. El Borbón no es el único que en este país tiene deudas con el Caudillo.

Circulábamos de vuelta al centro de Madrid, y José Antonio estaba de buen humor. Le divertía que para arreglar el pinchazo hubiésemos hecho trabajar a unos republicanos que se detuvieron a ayudarnos cuando volvían de la Zarzuela. “¡Si llegan a saber esos granujas lo que llevamos en el maletero!”

Mientras cambiaban la rueda, hablé por teléfono con Eduardo, mi director. Como quería acabar de una vez, le conté atropelladamente todo lo de los últimos días: la acampada en el Valle, el desenterramiento nocturno, la fuga, la visita a la fundación, el intento en la Zarzuela. Le envié las fotos de la tumba, aunque no se veía gran cosa. No pareció muy convencido:

–Lo único que saco en claro de todo ese embrollo que me has contado es que no estás junto a la tumba. Vuelve ahora mismo, o aquí concluye tu brevísima carrera periodística.

–No van a sacarlo, ya te he dicho que…

–O vuelves al Valle, o me mandas una buena historia que pueda publicar y que reviente las redes sociales.

De acuerdo. Eso iba a hacer: enviarle una buena historia. La mejor historia. La historia de la desaparición del cadáver de Franco. “Buscando a Franco”. Buen título. Clics asegurados. En algún momento el Gobierno abriría la tumba y la descubriría vacía. Y entonces, cuando todo el país se preguntase dónde está Franco, ahí estaría yo, al pie de la noticia.

Lo malo era que para conseguirlo tenía que seguir junto a José Antonio, que no callaba:

–El país está lleno de estómagos desagradecidos. Familias que se lo deben todo a Franco, y que tendrían que estar hoy a la vanguardia defendiéndolo. No podrán negarse a ayudarlo en su último trance.

Entrábamos por la Castellana, y me señaló una de las cuatro torres:

–Mira, ahí está OHL, ¿te suena? Una de las primeras constructoras de España. La “H” es de Huarte, que fue una de las que levantó el Valle de los Caídos. Entre tú y yo: en condiciones muy favorables. Con alguna ayudita de presos, sí. Huarte, Agromán y Banús construyeron el Valle. No fue la única gran obra. Pantanos, enormes presas. Canales. Poblados agrícolas. Y la reconstrucción de lo destruido en la guerra. Ahí ganaron muchas constructoras. Dragados, por ejemplo, que aprovechó bien la redención de penas por el trabajo. Hoy es parte de ACS. Por no hablar de las eléctricas. Y los banqueros. ¿Te suena March? ¿Entrecanales, Oriol, el conde de Fenosa? Siguen siendo las familias que cortan y reparten la tarta. Los que se sientan en los consejos de administración del IBEX.

–¿Esos son tus emprendedores?

–Hubo de todo. Empresarios fieles al Movimiento, que financiaron el Alzamiento y colaboraron en la reconstrucción, y que por supuesto fueron merecidamente recompensados. Y otros que se aprovecharon de la generosidad del Caudillo. Familias de varios apellidos, de las de toda la vida, de las que saben hacer negocios lo mismo con el régimen que con la democracia, la república o el soviet si lo hubiera. Y otras que iniciaron su fortuna bajo el paraguas del Estado. Emprendedores, sí. Supieron encontrar las posibilidades de negocio con unas condiciones laborales muy favorables a la iniciativa privada. Sin sindicatos, imagínate. Eso es ayudar a los emprendedores: acabar con la mafia sindical, como hizo Franco.

–¿Y cuál de todos esos emprendedores nos va a ayudar?

–Como supondrás, Carmencita, no nos podemos presentar en la sede de una constructora o una eléctrica y soltarles el muerto, nunca mejor dicho y que Dios me perdone. Necesitamos un intermediario. Alguien que tenga buenas relaciones con todas ellas, y que a su vez esté también en deuda con el régimen.

Como en la calle Génova no se podía aparcar, metimos el coche en un parking cercano.

–Esta vez no nos presentaremos con las manos vacías –dijo José Antonio, y abrió el maletero.

Pero ocurrió algo horrible: al intentar levantar el cuerpo, lo agarró mal y se desprendió la cabeza. Lo raro era que no la hubiésemos perdido antes, el cadáver estaba seco y se quebró una rama seca. Di un chillido al ver rodar la cabeza.

–“No hay mal que por bien no venga”. Esa frase sí es suya –dijo. Agarró la cabeza y la metió en una bolsa del Corte Inglés. Cerró el maletero dejando dentro el resto del Caudillo. Vomité entre dos coches antes de seguirlo.

–Estamos de suerte, porque los peperos acaban de elegir a un nuevo presidente. Ese muchacho me gusta. Tiene las cosas claras con Cataluña, el aborto, la familia. Sin complejos. ¿Oíste aquello que dijo una vez sobre las fosas? Llamó “carcas” a los de la memoria histórica: “todo el día con la guerra del abuelo, con las fosas de no sé quién”. Y ayer mismo le escuché decir que él no gastaría ni un euro en desenterrar a Franco: “hay que mirar al futuro, sin revisionismos, no se pueden abrir costuras y volver a enfrentar a las dos Españas”.

A la puerta de la sede nacional del PP encontramos un grupo de periodistas esperando, con cámaras y micrófonos. Cruzamos entre ellos. José Antonio metió la bolsa en el escáner, mientras seguía hablando:

–El nuevo líder, pese a su juventud, debe de ser muy consciente de los vínculos históricos, familiares y emocionales que su partido tiene con el régimen. Sabe muy bien de dónde vienen. Te puedo dar una lista de apellidos de dirigentes de las últimas décadas que son hijos o nietos de ministros, delegados del gobierno, directores generales, procuradores…

El recepcionista nos salió al paso antes de que José Antonio me recitase la lista.

¿En qué puedo ayudarles?

–Traemos algo para el nuevo presidente –y levantó la bolsa cerrada.

–Se lo agradezco, pero tenemos un protocolo para los regalos. Hemos tenido algunos problemas con ese tema en el pasado, ya sabe. Si quiere, déjemelo y…

–No es un regalo –cortó José Antonio-. Es mucho más que un regalo. Escuche, sé que su partido tiene muy buena relación con empresas constructoras y…


–Por favor –el tipo bajó la voz, parecía agobiado-, estas cosas no se hacen así. Mire, yo soy nuevo, pero por lo que sé las… donaciones llevan un cauce. Si quiere, déjeme esa bolsa y sus datos, y en seguida le…

De pronto se produjo un revuelo en la puerta. Los periodistas del exterior entraron deprisa. Nos giramos y vimos el motivo de su agitación: bajaba la escalera el nuevo presidente del partido.

–Señor Casado, ¿dónde están sus trabajos del máster?

–¿Piensa dimitir si lo imputan?

–¿Ve normal que le convalidasen tantas asignaturas?

Los de seguridad forcejearon para apartarlos. José Antonio intentó acercarse a él con la bolsa y una sonrisa:

–Presidente, encantado de saludarle, quería…

Un escolta lo atajó y lo empujó contra los periodistas.

–¡Presidente, tengo algo para usted, es importante! –gritó José Antonio. Levantó la bolsa, la sacudió. Temí que en cualquier momento se saliese la cabeza y rodase por el suelo.

El presidente del partido se alejaba, José Antonio gritaba más fuerte e intentaba zafarse de un vigilante:

–¡Presidente, es sobre la guerra del abuelo y los carcas de la memoria!

Casado le echó una mirada despectiva antes de entrar en el coche. Debió de tomar a José Antonio por un provocador. El vigilante le puso un brazo al cuello para alejarlo.

Los cámaras de televisión no desaprovecharon la imagen de José Antonio gritando: “¡La guerra del abuelo! ¡La guerra del abuelo!”

De camino al parking se me ocurrió comentarle algo que acababa de leer, enredando en Google mientras él discutía con el vigilante:

–Hablando de abuelo, resulta que al de Casado lo encarcelaron en la guerra.

–Sería una checa, pobre hombre.

–No, una cárcel franquista. Por lo visto era republicano. De UGT.

–No deberías creerte todo lo que lees en Internet. Ven, que vamos a probar suerte en otro sitio. Necesitamos un político con coraje, un verdadero patriota. Y sé dónde encontrarlo.

Fuente de consulta: eldiario 

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Érase una vez un rey: Séptimo capítulo

Resumen de lo publicado: tras huir del Valle de los Caídos con el cuerpo de Franco, Carmela y José Antonio intentan dejarlo en la fundación que lleva el nombre del dictador. Pero alguien se ha llevado el coche, con el cadáver dentro
Por supuesto, me tocó a mí pagar la multa para retirar el coche del depósito, a donde lo había llevado la grúa por dejarlo aparcado en una plaza de discapacitados.

–Paga tú, te lo devolveré en cuanto nos gratifiquen –se excusó José Antonio.

Tampoco Eduardo, el director del periódico, quiso hacerse cargo de la multa cuando lo llamé:

–¿Qué haces que no estás en el Valle, Carmela? ¡La exhumación es cuestión de horas!

Ya estaba harta. Decidí hacer de una vez la foto a la momia, enviársela y adiós. Fui a abrir el maletero, pero José Antonio lo cerró de golpe:

–¡Quieta! Aquí no –señaló a un par de policías municipales que vigilaban el depósito de vehículos.

–De acuerdo. Sacamos el coche de aquí, paras en la esquina, hago la foto y me voy en Metro.

–Por favor, Carmen. No puedes renunciar ahora.

–Se acabó. Fin.

–Te equivocas. “Esto no es el fin, ni siquiera es el comienzo del final. Seguramente es el fin del comienzo”.

–¿Ese trabalenguas es de Franco o de Einstein?

–De Churchill.

–Me encanta, me lo apunto, pero déjame en esa esquina, por favor.

–A ver si adivinas quién dijo esta: “El nombre de Franco es un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse”.

–Churchill. Kennedy. Mister Wonderful. Para de una vez.

–Frío, frío. El mismo que dijo esta otra: “El General Franco es para mí un ejemplo viviente de desempeño patriótico, y tengo por él un gran respeto y admiración. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio”.

–En serio, no quiero seguir con el Trivial franquista.

–Para decir algo así, hay que estar muy agradecido, ¿verdad?

José Antonio siguió con su cháchara mientras tomaba la M-30:

–Muy agradecido, o tener una enorme deuda con Franco. Debérselo todo. Estar dispuesto a cualquier cosa por él, porque le debes todo lo que eres. ¿Sabes ya de quién hablo? Alguien que hoy tiene una oportunidad para pagar su deuda.

Revisé las fotos que había hecho al abrir la tumba. Espantosas. No de miedo, sino de malas. Cuando las hice evité mirar al cadáver, y me salieron todas desenfocadas o con la espalda de José Antonio tapando la momia. No tenía ni una foto en condiciones para enviar al periódico.

–Te contaré un cuento, Carmencita: érase una vez un rey que perdió su reino…

–No, por favor…

–El rey tuvo que marchar, y vivió lejos durante largos y tristes años con su familia. En su ausencia, el país vivió una guerra, cuyo vencedor devolvió la paz y el bienestar, y gobernó aquella tierra casi medio siglo. Mientras, desde la distancia, el rey soñaba con regresar un día y recuperar el trono. Pasaron los años, y el gobernante envejecía y no tenía sucesor, así que hizo venir a un nieto del rey y lo puso bajo su protección. Lo designó príncipe, lo educó para reinar, lo preparó para seguir su obra y así dejarlo todo atado y bien atado. ¿Te suena lo de “atado y bien atado”? Esa te aseguro que no es de Einstein.

–Ya sé adónde quieres llegar –simulé un bostezo.

–Al morir el gobernante, el príncipe se convirtió en rey, recuperó el trono que su abuelo había perdido. El nuevo rey nunca olvidaría la generosidad de quien le devolvió la corona, que después pasaría a su hijo y en el futuro a sus sucesores.


–Espera, ya sigo yo el cuento: un día el rey, ya viejo y retirado, está en su palacio cuando llaman a la puerta. Abre y encuentra a un fiel súbdito, que le trae el cadáver descompuesto de aquel que le devolvió la corona. Viene acompañado de una joven periodista que inmortaliza el momento en una fotografía. ¿Voy bien? Ah, me olvido lo mejor: después, el rey recompensa su valentía con una generosa bolsa de monedas.

–Veo que lo has pillado. No vamos a llamar a la puerta, pero tengo un colega que trabaja en la seguridad de la Zarzuela. Es de confianza, puede hacer de intermediario.

–¿Hablas en serio? No puedo creerlo…

–¿Tienes tú una idea mejor? Si alguien tiene una deuda con Franco, ese es el Borbón. Si no llega a ser por Franco, todavía viviría en Roma, y no habría colocado a sus hijas y yernos. Y aunque la versión oficial de la democracia le atribuye al rey todo el mérito de la Transición, lo único que hizo fue seguir el plan de Franco. Atado y bien atado. ¿Sabes quién trajo la democracia a España?

–Déjame adivinarlo: ¿Franco?

–Exacto. ¿Cuál fue la mejor obra de Franco, la más sólida y duradera?

–¿El Valle de los Caídos? ¿Los pantanos?

–Las clases medias. Las creó Franco, para garantizar la paz y la continuidad de su legado. Laureano López Rodó, ministro de Franco, dijo que la democracia llegaría cuando la renta superase los 2.000 dólares. Y así ocurrió: en cuanto el país tuvo una clase media con pisito, coche y vacaciones, se nos quitaron las ganas de guerras y repúblicas, ya estábamos preparados para la democracia.

–Pues algunos parece que siguen con ganas de república –dije yo, y señalé al frente. Habíamos salido de la autovía, y en el acceso a la Zarzuela nos encontramos una multitud que cortaba el tráfico y ondeaba banderas tricolores. Rojo, amarillo y morado. Delante de ellos, un cordón policial les impedía avanzar hacia el palacio.

No había manera de pasar, por mucho que José Antonio tocó el claxon, que apenas se escuchaba entre los gritos:

–¡España, mañana, será republicana!

–¡Los Borbones a los tiburones!

–¡Se va a acabar, se va a acabar, la inviolabilidad!

Imaginé qué pasaría si todos esos republicanos supiesen lo que llevábamos en el maletero.

–¿Qué pasa aquí? –gritó José Antonio sin bajar del coche. Un joven con un cartel de “Los Borbones son unos ladrones” nos explicó:

–¿En serio no os habéis enterado?

Mientras nos alejábamos de la Zarzuela, le leí a José Antonio las últimas noticias sobre Corinna, cuentas suizas, testaferros y comisiones. Acababan de publicar una nueva conversación grabada por un policía. Busqué el audio y lo escuchamos de regreso al centro de Madrid.

–Qué vergüenza –dijo por fin José Antonio-. Estas cosas con Franco no pasaban.

De pronto, el coche empezó a traquetear justo antes de llegar a la autovía, con ruido de latigazos contra el asfalto.

–Joder, ahora pinchazo.

Paramos en el arcén de la carretera de la Zarzuela. Rueda trasera izquierda, la llanta rozaba el suelo.

–Seguro que han sido esos republicanos –dijo al sacar un clavo de la cubierta-. Y encima nos dejamos el gato en el Valle.

En ese momento escuchamos un motor y miramos a la carretera. Se acercaba un motorista, que al vernos se detuvo. Desmontó y, sin quitarse el casco, se acercó a nosotros. Parecía anciano, cojeaba un poco al andar.

–¿Necesitáis ayuda? –preguntó. José Antonio no contestó. Se había quedado paralizado.

–Esto lo cambiamos en un momento –dijo el motorista-. Lleváis repuesto, ¿verdad?

Puso la mano en el tirador del maletero y levantó un poco la tapa, pero José Antonio la cerró de un manotazo.

–¿Qué pasa? –preguntó el motorista, sorprendido.

José Antonio lo miró fijamente, como intentando verle la cara a través de la visera espejeante. Quedaron unos segundos en silencio, hasta que mi compañero de fuga habló, en voz baja:

–Tú… Usted… ¿Es… o no es?

–¿Que si soy qué?

–No… Perdone… Pensé que…

–Mira, yo me largo. Iba a ayudaros, pero mejor os las apañáis solos.

Se montó con esfuerzo en la moto y desapareció con un acelerón.

–¿Qué mosca te ha picado? –pregunté, estupefacta.

–¿Te acuerdas del cuento del rey? Pues cuenta la leyenda que a veces el rey salía del palacio, solo y camuflado, y recorría su reino para…

–Más cuentos no, por favor.

Fuente de consulta: eldiario 

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